Gabriel García Márquez - "La tercera resignación"

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Allí estaba otra vez, ese ruido. Aquel ruido frío, cortante, vertical, que ya tanto conocía pero que ahora se le presentaba agudo y doloroso, como si de un día a otro se hubiera desacostumbrado a él.

Le giraba dentro del cráneo vacío, sordo y punzante. Un panal se había levantado en las cuatro paredes de su calavera. Se agrandaba cada vez más en espirales sucesivos, y le golpeaba por dentro haciendo vibrar su tallo de vértebras con una vibración destemplada, desentonada, con el ritmo seguro de su cuerpo. Algo se había desadaptado en su estructura material de hombre firme; algo que “las otras veces” había funcionado normalmente y que ahora le estaba martillando de cabeza por dentro con un golpe seco y duro dado por unos huesos de mano descarnada, esquelética, y le hacía recordar todas las sensaciones amargas de la vida. Tuvo el impulso animal de cerrar los puños y apretarse la sien brotada de arterias azules,moradas, con la firme presión de su dolor desesperado. Hubiera querido localizar entre las palmas de sus dos manos sensitivas el ruido que le estaba a punta de diamante. Un gesto de gato doméstico contrajo sus músculos cuando lo imaginó perseguido por los rincones atormentados de su cabeza caliente, desgarrada por la fiebre. Ya iba a alcanzarlo. No.
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Miguel Delibes - "El Camino"

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- Los mayores tenían, a veces, caprichos mAñadir imagenás tozudos y absurdos que los de los niños.
- No escarbes en las cosas que ya no tienen remedio.

- Bien decía Andrés, el zapatero: "Cuando a las gentes les faltan músculos en los brazos, les sobran en la lengua".

- Cada uno mira demasiado lo propio y olvida que hay cosas que son de todos y que hay que cuidar...

- La Guindilla mayor respetó el llanto de su hermana. El llanto era necesario para lavar la conciencia.

Markus Zusak - "La Ladrona de Libros"

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- Los niños... A veces son mucho más astutos que los atontados y pesados adultos.

- Se dio cuenta de que era mucho más fácil hallarse a las puertas de algo que haberlas cruzado.

- ... a los humanos les gusta contemplar la destrucción a la pequeña escala.

- Liesel alargó el cuello, como si quisiera ver por encima de la puerta que tenía enfrente. Sin duda, su gesto invitó a la mujer a abrirla.
- Jesús, María...
Lo dijo en voz alta, las palabras se derramaron por la habitación llena de libros y frío. ¡Libros por todas partes! No había pared que no estuviera forrada de abarrotadas e impecables estanterías. Apenas se veía la pintura. Las letras impresas en los lomos de los libros negros, rojos, grises, de cualquier color, eran de todos los tamaños y estilos imaginables. Era una de las cosas más bellas que Lisel Meminger había visto nunca.

- Imagínate que tienes que sonreír después de recibir un bofetón. Y luego imagínate que tienes que hacerlo las veinticuatro horas del día.
En eso consistía ocultar a un judío.

- Explicó que era judío de nacimiento, que lo habían educado como tal, pero también, y entonces más que nunca, que el judaísmo no dejaba de ser una etiqueta, la peor suerte con que uno puede tropezarse.

- ... uno se conforma con cualquier cosa en según qué circunstancias.